
“La historia de la literatura como desafío”.
Este libro asume varios desafíos. Uno, escribir una historia de la literatura argentina cuando los modelos tradicionales de las historias literarias nacionales han sido cuestionados por sus pretensiones identitarias, teleológicas y totalizantes. Otro, acotar su extensión a un volumen, tal vez para conjurar la boutade de Paul Groussac, que dijo que la Historia de la literatura argentina de Ricardo Rojas era más larga que la literatura argentina misma. El tercero, hacer una obra personal y no de equipo, organizándola en torno a criterios definidos que combinan el orden cronológico - lo que le confiere una cierta narratividad- con una selección de los materiales que busca trazar, más que una mera sucesión lineal, redes de relación en las que se adviertan líneas de ruptura y de continuidad. Martín Prieto responde con solvencia a estos desafíos y alcanza un resultado de indudable originalidad.
Algo de esto puede entreverse con sólo observar el índice del libro. Los diecisiete capítulos que lo componen no tienen títulos sino una curiosa numeración. Los dos primeros, -1 y 0. El tercero lleva el número 1. Así indica Prieto cuál es a su juicio el lugar de la literatura colonial y confiere un carácter fundante a las primeras manifestaciones de la gauchesca. El gesto podría creerse una repetición del de Rojas, que inició su Historia con los gauchescos por considerarlos la base primordial de la nacionalidad. Pero sería un error, porque esa decisión obedece aquí a un criterio rector muy diferente: el reconocimiento de la aparición de algo nuevo y el valor de esa novedad no solamente con respecto a lo anterior, epigonal o ya automatizado, sino sobre todo por su potencialidad para proyectarse hacia el futuro. Se acerca a lo que sostenía Carlos Feiling, cuando afirmaba que la literatura es lo que sirve para producir más literatura. Y corrobora algo que alguna vez le oí decir a Prieto acerca de una historia de la literatura "en la que manden los textos". En otras palabras, como despliegue del cambio y la renovación.
A falta de títulos, el índice presenta resúmenes del contenido de cada capítulo, redactados en un estilo que apunta a quitar solemnidad a una materia tratada de un modo a la vez ágil y riguroso. Además de ese sesgo humorístico, tan poco frecuente en la crítica y la historia literarias, se percibe de inmediato la diferente extensión asignada a los escasos dos siglos en que transcurre la literatura argentina propiamente dicha: de las casi cuatrocientas cincuenta páginas del volumen, unas trescientas corresponden al siglo XX, que llega, en su capítulo final, hasta los contemporáneos que empezaron a publicar en los años setenta y ochenta, como Aira, Perlongher y Zelarayán. Del siglo XIX, se les dedica un capítulo entero solamente a dos escritores: Sarmiento y José Hernández. Pero se otorga especial relieve a la figura de Mansilla, que encabeza el dedicado a la literatura del ochenta. Del siglo XX, sólo Arlt merece un capítulo propio, mientras que Borges queda repartido entre los que se ocupan de la vanguardia martinfierrista y de Sur . En la vuelta del siglo, la gran figura es Darío, y el verdadero parteaguas, el modernismo. Decisiones como estas no sólo denotan el dominio de la materia abordada; implican juicios de valor, y son tan polémicas como las apreciaciones referidas a la novela naturalista, al carácter más cultural que literario de Juan Moreira , a la ubicación de Scalabrini Ortiz, a autores sacralizados como Macedonio Fernández y Girondo, o el escaso espacio dedicado a Gálvez y a las escritoras. El análisis de textos o la compulsa de la bibliografía crítica, desde la más clásica hasta las lecturas más actuales, fundamentan las evaluaciones con firmeza.
En proyectos como este las omisiones - y aun algunos errores- son inevitables. Señalarlos es demasiado fácil. Hay que resistirse a esa facilidad y preguntarse si el libro tiene criterios propios y sólidos. Los tiene. Una historia de la literatura, lo quiera o no, trasmite siempre a sus lectores cierta imagen de un canon personal. Prieto evita la tentación hoy tan frecuente de reformularlo incluyendo autores y autoras que a su juicio no han tenido ni suficiente calidad estética ni una incidencia efectiva en el cambio literario. Se concentra en la serie literaria concebida al modo clásico, y analiza las transformaciones de los géneros, sean formales o temáticas, centrándose en autores, obras y movimientos. La suya es una historia predominantemente "intraliteraria". Minimiza lo externo y hasta los discursos próximos, como el periodístico, en muchos casos tan cercano al literario, como ocurre por ejemplo durante el rosismo o con la novela del ochenta. No obstante, la huella del contexto histórico, social y político se percibe de muchos modos. Las fechas y otros datos funcionan como puntos de referencia que activan los conocimientos del lector, quien debe aportar o ampliar su competencia.
Esta historia tiene el mérito adicional de no plegarse a los criterios de la corrección política imperante en los estudios culturales y literarios. No presenta una visión de la literatura como instrumento de dominación o de ocultamiento de operaciones ideológicas; plantea una distinción tácita entre hechos literarios y fenómenos culturales; no teme centrarse en la literatura "alta"; no intenta revertir lecturas clásicas ni rescatar obras y autores supuestamente olvidados o silenciados; evita las tentaciones denuncialistas y la demagogia hoy exitosa de desenmascarar mitos inexistentes. Por todo ello constituye una mezcla poco frecuente de ambición y sobriedad.
María Teresa Gramuglio
|